Papa Francisco, hombre de paz y de fe,
tu mirada dulce nos muestra el camino que Dios quiere hacer.
Con humildad caminas entre el pueblo sencillo,
con palabras claras como el agua de un arroyo tranquilo.
No llevas corona dorada ni cetro de orgullo,
sino el amor de un padre que escucha sin murmullo.
Con el corazón abierto a cada herida,
nos recuerdas que Dios es amor, es vida compartida.
Llegaste desde la lejana Argentina,
con una sonrisa franca y un alma sencilla.
Y desde Roma, ciudad de la luz,
eres faro del mundo, brasas de un amor común.
Nos hablas de cuidar la tierra y la gente,
de no dar la espalda al que sufre, al que siente.
Pides justicia, misericordia y verdad,
y abrazas incluso a quien ha perdido la dignidad.
Tú, que rezas por quien nadie ve,
que abrazas al niño, al anciano, al preso y al judío,
eres reflejo del Cristo que se hace humano,
eres testimonio vivo del amor divino, cercano y grande.
Con cada gesto, con cada oración,
nos recuerdas la fuerza del perdón.
Contigo, la Iglesia sonríe y camina,
hacia un mundo nuevo, con esperanza divina.
Y pase el tiempo que pase, venga lo que venga,
siempre llevaremos al Papa Francisco en el corazón, muy dentro,
como luz que guía, como voz que ama,
como padre de la fe que nunca se borra, nunca se apaga.

