Un día extraño, cerca del mar azul, llegó Jack Sparrow, medio sereno, medio aullido. Con sombrero ladeado y rumbo a la cerveza, dijo: «¿Dónde he ido a parar, santa promesa?»
Era Calafell, con sol radiante, donde los niños jugaban con aire encantador. Él miró la arena y exclamó: «¡Este lugar me gusta, me quiero quedar!»
Sin cañones ni grandes tempestades, probó churros y fue a fiestas. Bailaba sardanas con mucho salero, y preguntaba: «¿Dónde está mi ron, marinero?»
Los niños reían, le hacían guirnaldas, y él contaba historias muy grandes. De krakens, tesoros y mapas perdidos, pero al final solo buscaba unos minutos…
…de paz, de sol y de una playa suave, ¡sin peleas ni gritos de naufragio! «Soy pirata —decía— pero ya estoy harto, de luchar siempre… ¡Ahora quiero un bañito bien guay!»
Y así Jack Sparrow se hizo amigo de pescadores, abuelos y un perro pequeño. Dejó el Caribe, sin arrepentimiento, para vivir en Calafell… con más esperanza.

