Esta historia cuenta cómo Sant Jordi fue hechizado por la bruja, segunda esposa de su padre Gerundios, y desde entonces se convirtió en el más fiero dragón que jamás haya existido, pero con la nobleza y el corazón de un gran caballero.
Esta fiera de gran envergadura y dentadura residía en las montañas de Montserrat, atemorizando a los reinos de los pueblos vecinos y dejándolos sin sus rebaños de ovejas. Hasta que un día, los reyes de cada pueblo se reunieron y decidieron entregarle a sus hijas, las doncellas. Entre ellas se encontraba Anastasia, a quien el rey Arturo —su padre— se negaba en rotundo a sacrificar, hasta que ella terminó por convencerlo.
Montada en su carroza, llegó hasta la oscuridad de la cueva, donde no tardó en tener palpitaciones; un sudor frío se deslizaba por su frente, temerosa de su destino fatal.
Pero sucedió algo inaudito: el dragón, al verse reflejado en aquella tan bella mirada, se enamoró de ella. De esa manera se rompió el hechizo, y de repente, como un tornado de polvo mágico, lo envolvió una luz brillante. Ante ella apareció la figura de un apuesto caballero, de ojos azules y fuerte armadura, que en una de sus manos sostenía una rosa.
El flechazo fue más que evidente. Él le contó a Anastasia que era San Jordi y le relató lo que le había ocurrido, cómo había terminado convertido en dragón y cómo había permanecido todo ese tiempo en aquella cueva.
Todo fue felicidad, especialmente para su padre, el rey, al verla regresar a lomos de un caballo de pura sangre. Se casaron, y el más anciano del lugar —el bisabuelo de Anastasia, que había sido un gran escritor en su tiempo— les regaló el libro de la historia del joven caballero. Aquel libro fue unido con el ramo de rosas de la novia, dejando a todos asombrados de cómo Anastasia logró enamorar al dragón y resucitar a Sant Jordi.

